Salió de casa apurada. Eran las nueve de la mañana. Tenía una hora de viaje hasta la oficina si el transito la ayudaba. Caminó rápido hasta la parada del 50, pero no tanto como para correr. Esperó más de lo acostumbrado hasta que a lo lejos divisó un colectivo de la línea. Por fin, pensó. Siempre que salgo tarde la misma mala suerte. Fuera de servicio. Buenísimo, la puta madre. Encima hace un calor tremendo. La idea de viajar sentada hasta el centro definitivamente es utópica a estas horas. Pobre ingenua. Como si el destino hubiese querido taparle la boca, otro 50 venia atrás, no muy lejos. Había quedado detenido por el semáforo anterior.


Hola, uno de un peso, por favor. En el interior, el colectivo estaba mejor de lo que esperaba. Consiguió el espacio libre sobre la rueda, al lado de la maquina expendedora donde solía dejar la cartera –siempre- pesadísima. La cantidad de pasajeros no era buena, pero el espacio a su alrededor le alcanzaba para apoyar los brazos en el caño que pasaba horizontal a la altura de su cintura y abrir lo suficientemente las piernas para no tener que mantener el equilibrio. Lo que más odiaba de viajar enlatada y con esas temperaturas era tener que mantener los brazos pegados al cuerpo. Eso hacía que el sudor le recorriera inevitablemente todo el cuerpo.

En Parque Patricios subió buena cantidad de gente. Entre las cabezas vislumbró una mirada. Sólo eso. La dejó irse. Le gustaba escuchar música en ese tipo de viajes para no concentrarse en el calor, las gotas de sudor ajenas y propias, los empujones y codazos, en fin, en los trajines del viaje. Estaba escuchando una conversación, bastante estúpida por cierto, entre los locutores de un programa de radio que supo servirle de compañía años atrás y que ahora no servía más que de distracción, cuando sintió el primer roce. Por debajo de la cadera, del lado izquierdo. Giró sutilmente la cabeza, no fuera a ser que quien tuviese a su lado se sintiera imputado en una causa de la cual no era culpable. Un hombre de no más de unos 27 años estaba apoyado al igual que ella sobre el resto de caño que quedaba libre. Los vaivenes del colectivo, concluyó. Una mujer decidió pararse a su derecha, obligándola a acercarse todavía más al joven. Siguió escuchando la radio. Los locutores conversaban ahora sobre películas porno argentinas. Se reían. Hacían chistes poco originales. Pija, teta, culo, chupar. La hacían sonreir. Estaba bien. La radio basura funciona en estos casos. Otro roce. Esta vez ya no podía ser casual. De ningún modo. El contacto no había sido repentino. Se mantuvo. Era tenue, apenas perceptible, como si alguien la acariciara con los dedos cerca del muslo. Se sintió rara, aunque no se movió. De repente, cuando no pudo más con la intriga, bajó la cabeza hacia su izquierda. Divisó la mano del hombre, que ahora no la tocaba, pero se mantenía cerca. Colgaba relajada de su brazo, inofensiva. Estoy delirando y este programa no ayuda. ¿Ahora viene a gustarme el porno? Decidió escuchar música. Pez. Hoy. “Bettie al desierto”, “Los lados B”, “A buscar”. Realmente no estaba prestándole atención a las melodías, no podía a pesar de que el disco fuera uno de los que más le gustaba. Sensaciones encontradas: un psicópata sexual acosándola a su lado y sentirse atraída por él. La mujer a su derecha se alejó hacia la puerta. El espacio que había dejado le alcanzaba para separarse del joven y estar más cómoda. Lo hizo, pero sólo unos centímetros. En verdad todavía no sabía si quería que el roce se detuviera. Con cada frenada, los dedos se hacían sentir con más intensidad. La situación desbordaba. No había más que ocultar. El juego estaba dado. Como si tocara las teclas de un piano, la mano se movía deslizándole la falda: primero un dedo, luego otro y otro y otro. Eso la excitaba. Mantuvo la mirada al frente y él también. Apenas vislumbraba un perfil de nariz algo pronunciada, ojos que imaginó claros y barba. El pelo era castaño, eso sí, y no muy largo. Pero no le importaba. No era una cara lo que le interesaba. El juego no estaba ahí. Pensó en devolver las caricias con su mano, pero eso implicaba quitar el brazo de por encima del caño, lo que hubiese sido demasiado notorio. Por otra parte, no había dónde colocarlo. Prefirió seguir rozando el cuerpo de él con su torso. ¿Cuándo se bajará? Que siga hasta Retiro. El 50 andaba ya por Corrientes, la Corrientes embotelladísima de la altura del Obelisco. Cerró los ojos, agachó la cabeza. Se libró al goce. Entreabrió un poco los ojos para verlo. Estaba ahí, al igual que ella: párpados cerrados, temple relajado. El colectivo frenó, aceleró, volvió a frenar. Que no se baje. Abrió los ojos. Estaban a unas cuadras de Florida cuando él comenzó a despegarse lentamente. En el 50 ya no quedaba tanta gente y mucha estaba esperando para bajar en la próxima parada. Él se les sumó. Ella apenas torció la cabeza para verlo mejor, pero la volvió pronto. Finalmente la puerta se abrió. Lo vio pasar cruzando la calle por delante del colectivo que se había detenido en el semáforo. Alcanzó a ver sólo el perfil izquierdo, aquél que había vislumbrado en instantáneas, justo antes de que se perdiera entre oficinistas apurados, vendedores ambulantes y turistas. Sintió un poco de tristeza, aunque jamás hubiese seguido sus pasos. Tocó timbre en Alem y Córdoba. Las puertas se abrieron. Bajó y acabó.

2 comentarios:

  1. te sigo sin seguirte literalmente
    Laura blogger, qué será de moropisa a secas!

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  2. estoy en el laburo chusmeando blogs y me pongo a leer este relato calentito y acelerado...!, Muy bueno laura! me sorprendio para bien
    me atrapo la situación..felicitaciones!

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